Una travesía larga: el sufrimiento prolongado de los casos de COVID-19 “recuperados” con secuelas

Paciente recuperado de COVID-19 en programa de rehabilitación en Génova, Italia. Fotografía de: Marco Di Lauro/Getty para la revista Nature.

Incluso meses después de la infección por el virus SARS-CoV-2, muchos pacientes continúan sufriendo fatiga extenuante, daño pulmonar y otros síntomas, condición que ha sido denominada “COVID-prolongado”, resultado de las secuelas que perduran por los daños que causa el virus.

El radiólogo clínico Ali Gholamrezanezhad notó que algunas personas dadas de alta después de haber padecido COVID-19, continuaban presentando signos de daño pulmonar que, desafortunadamente, en algunos casos, nunca desaparecieron.

Gholamrezanezhad y su equipo de la Universidad de Sur de California en Los Ángeles, siguieron a 33 pacientes por más de un mes, con tomografías computarizadas de los pulmones. Sus datos sugieren que más de una tercera parte de las personas estudiadas presentaron destrucción del tejido pulmonar y cicatrices visibles.

Algunas personas con casos de infección más severa podrían sufrir daños a largo plazo, no solamente en los pulmones, sino también en el corazón, en el sistema inmunológico, en el cerebro y en otras partes. Hay evidencias de anteriores brotes causados por otros coronavirus, particularmente, el del síndrome respiratorio agudo grave (SARS), que demuestran que dichos daños pueden permanecer durante años.

Algunas personas recuperadas de COVID-19 pueden quedar con un sistema inmunológico debilitado. El virus que causa SARS, por ejemplo, es conocido por disminuir la actividad inmunológica, reduciendo la producción de moléculas llamadas interferones.

Pero el virus pudiera también provocar lo contrario, provocando que parte del sistema inmune sobre reaccione y dispare un efecto inflamatorio dañino por todo el cuerpo. Esto está bien documentado en las fases agudas de la enfermedad.

Un sistema inmune que sobre reacciona, puede provocar inflamación y algunos de los órganos más susceptible a esto son los pulmones, el cerebro y el corazón. Durante la fase aguda de COVID-19 cerca de una tercera parte de los pacientes experimentan síntomas cardiovasculares. Uno de los síntomas es la miocardiopatía, donde los músculos del corazón se vuelven tensos, rígidos o más gruesos, afectando la capacidad del corazón para bombear la sangre.

Muchas personas con casos serios de COVID-19 sufren complicaciones neuronales como delirio, confusión y pérdida de la memoria, que persisten tiempo después de que desapareció la fase aguda de la enfermedad. No está claro todavía si esto resulta porque el virus infecta al cerebro o es una secuela causada, posiblemente, por los efectos de la inflamación.

Uno de los efectos prolongados más insidiosos y el menos entendido a la fecha, es la fatiga crónica. Existen incluso grupos de apoyo en Facebook con miles de miembros que en algunas ocasiones se denominan a sí mismos como “long-haulers” (traducido al español “de travesía larga”).

Estos pacientes mencionan que batallan para pararse de la cama o para trabajar más de algunos minutos u horas al día. En un estudio de 143 personas que fueron dadas de alta por COVID-19 en un hospital en Roma, se encontró que el 53% de las personas reportaron fatiga crónica y el 43% dificultad respiratoria, 2 meses después de la enfermedad. Otro estudio en China muestra que un 25% de los casos presentaba una función pulmonar anormal, 3 meses después de la infección y un 16% fatiga crónica.

Existen amplias evidencias previas de que el coronavirus que causa SARS puede provocar fatiga crónica prolongada. Uno de los estudios publicados en 2009, dio seguimiento a personas que sufrieron SARS durante 4 años y encontraron que el 40% padecía de fatiga crónica. Muchos de ellos estaban desempleados y sufrían además de estigmatización social.

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA

Marshall M. The lasting misery of coronavirus long-haulers. Nature 2020 Sep; 585 (7825): 339-341. doi: 10.1038/d41586-020-02598-6. PMID: 32929257.

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